martes, 15 de noviembre de 2016

El brasero



El brasero era un recipiente en el que se echaban y conservaban las brasas para calentarse.
Se enciende la llana, se hacen ascuas y luego se recubre bien con ceniza. Cuando se supone que ya está bien quemada la llama, se revuelve y afloran las ascuas. Y se suele meter debajo de una mesa camilla.
Esto me recuerda un poco nuestra vida. Somos en la vida como leños que nos vamos quemando, ardiendo, hasta dar el fruto del calor, del amor humano.
Las personas estamos  con el ascua del Espíritu, del Amor, de Dios actuando dentro de nosotros. Al morir aparece la Plenitud que llevamos dentro. Somos hijos de Dios, cuando muramos, le veremos tal cual es. Ahora experimentamos el calor, el amor, la esperanza.
Por eso los santos, los que han muerto están plenamente con Dios y le ven cara a cara.
Mientras vivimos, vamos desarrollando todos nuestras posibilidades y generando lumbre de Amor. Luego viviremos la Plenitud, cara a cara con Dios. Ya vivimos un poco las primicias de cielo, como quien oye a la orquesta en el ensayo y disfruta con los acordes. Lo que vivimos de belleza, alegría, paz, amor, amistad, verdad... son notas del concierto divino.

sábado, 5 de noviembre de 2016

PREGÓN DEL DOMUND



…No encuentro palabras más intensas para describir la fuerza grandiosa del amor. He dicho al inicio de este pregón que no soy creyente en Dios, y esta afirmación es tan sincera como, seguramente, triste. ¡Estamos tan solos ante la muerte los que no tenemos a Dios por compañía! Pero soy una creyente ferviente de todos estos hombres y mujeres que, gracias a Dios, nos dan intensas lecciones de vida, apóstoles infatigables de la creencia en la humanidad.
El papa Francisco ha pedido, en su Mensaje para este DOMUND, que los cristianos «salgan» de su tierra y lleven su mensaje de entrega, pero no porque los obliga una guerra o el hambre o la pobreza o la desdicha, como tantas víctimas hay en el mundo, sino porque los motiva el sentido de servicio y la fe trascendente. Es un viaje hacia el centro de la humanidad. Esta llamada nos interpela a todos: a los creyentes, a los agnósticos, a los ateos, a los que sienten y a los que dudan, a los que creen y a los que niegan, o no saben, o querrían y no pueden. Las misiones católicas son una ingente fuerza de vida, un inmenso ejército de soldados de la paz, que nos dan esperanza a la humanidad, cada vez que parece perdida.
Solo puedo decir: gracias por la entrega, gracias por la ayuda, gracias por el servicio; gracias, mil gracias, por creer en un Dios de luz, que nos ilumina a todos.


Pregón del Domund de Pilar Rahola